Cuando yo estudiaba era muy buena en inglés, y en los idiomas en general, y me decanté por la carrera de Traducción. Por ello mucha gente me animaba a sacarme el CAP para poder dar clases de inglés, o a buscar trabajo como profesora de inglés en alguna academia,  a lo que yo siempre respondía con un “no” rotundo. No quería ser profesora, y sigo sin quererlo.  No tengo la paciencia ni el tesón suficiente para ser profesora. Educar y enseñar a alguien me parece la profesión más difícil del mundo. Si no tienes verdadera vocación para ello, es mejor que te dediques a otra cosa.

Los mejores profesores son aquellos que aman su profesión, que quieren a sus alumnos, pero que a la vez exigen y buscan lo mejor de ellos, retándoles cada día, sin darles concesiones, aunque tengan que ser muy estrictos para ello. Sin rendirse, sin  desanimarse. Un buen profesor sabe ver de lo que un alumno es capaz y conseguir que aflore, aunque para ello haga falta mucha cabezonería y mucho esfuerzo. Y con esa cabezonería y esfuerzo al máximo puedes obrar el milagro. Como hizo Anne Sullivan.

Si no sabéis quiénes fueron Anne Sullivan y Helen Keller ya podéis estar investigando, porque su historia es de las que todo el mundo debería conocer, fascinante y esperanzadora como ninguna otra.

Cuando Helen aún estaba en la cuna, contrajo una enfermedad que la dejó sorda y ciega. Sus padres, en parte por lástima, en parte por comodidad, son incapaces de educarla, mimándola y consintiéndole todo, hasta el punto que ésta llega a un estado asalvajado, acrecentado aún más por su frustración ante la imposibilidad de comunicarse con los demás. Cuando la situación se hace insostenible, piden ayuda a una institución que les enviará a una joven profesora para la niña. Anne Sullivan, la institutriz, fue ciega y tuvo una infancia traumática. Ahora ha recuperado la vista pero entiende como se siente la niña, y lo más importante, sabe que la discapacidad que tiene no hace de ella una retrasada mental. Anne la tratará como una vidente porque espera que ella “vea”. Intentará por todos los medios que la niña salga de su aislamiento, aunque tenga que enfrentarse una y otra vez a unos padres sobreprotectores, aunque tenga que enzarzarse en una batalla campal con ella y destrozar el comedor para que aprenda a comer con cubiertos, aunque tenga que encerrarse con ella y repetirle los mismos signos una y otra vez hasta que la niña se dé cuenta de que dichos signos significan palabras, que cada palabra significa una cosa, un concepto, y que a través de ellos se puede comunicar, y ser una persona como cualquier otra, por la que nadie tenga que sentir lástima. Una actitud que se resume por completo en lo que le dice al padre de la niña en un escena de la película:

Pity for this tyrant? Is there anything she wants she doesn’t get? I’ll tell you what I pity… that the sun won’t rise and set for her all her life, and every day you’re telling her it will. What you and your pity do will destroy her, Captain Keller. (¿Pena  por esta tirana? ¿Hay algo que quiera que no consiga? Le diré qué es lo que me da pena… que el sol no saldrá ni se pondrá para ella durante toda su vida, y cada día usted le esté diciendo lo contrario. Lo que hacen usted y su pena es destruirla, Capitán Keller.)

Los que tengáis curiosidad por saber qué pasó con esa niña ya sabéis lo que tenéis que hacer; investigad, como ya os he dicho.

La película, basada en una obra de teatro de William Gibson que a su vez se inspiraba en la historia real que relata, fue dirigida por Arthur Penn en 1962, el cual hace un magnífico trabajo. No hay que engañarse pensando que por el argumento y por la etiqueta de “basada en hechos reales” vamos a ver algo sensiblero y lacrimógeno. Todo lo contrario. Esta es una película dura y sobria, pero también una historia de superación. Lo mejor, sin duda, son las interpretaciones de sus dos protagonistas, ambas merecidamente recompensadas con el oscar de aquel año: Patty Duke en su papel de niña sordociega testaruda, y Anne Bancroft en su papel de institutriz inasequible al desaliento. La batalla que libran a lo largo de la película es agotadora y extenuante como ninguna.

Esta es una película que te invita a reflexionar, que te hace pensar que con esfuerzo todo es posible, y que aún queda algo bueno en este mundo, a pesar de la dura realidad. Sólo por eso ya merece la pena verla.

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